Arianna Squilloni y Ana Lartitegui: Libros que desafían a sus lectores

La escritora y editora italiana Arianna Squilloni y la ilustradora española Ana Lartitegui se toman en serio la literatura infantil. “Si hemos hecho el esfuerzo de ponerte el libro aquí adelante es porque tenemos algo importante que decir”, dice Squilloni. Ambas estuvieron enCHILE promocionando la editorial  A Buen Paso, fundada por Squilloni, y El libro de la suerte, uno de los últimos títulos del sello, ilustrado por Lartitegui. En esta conversación —poco antes de su charla en el Club Bolonia— reflexionan, entre otras cosas, sobre los problemas que ven en la narrativa y en la ilustración de libros para niños.

Por Pablo Espinosa y Fernando Mora.

IMG_5853

El libro de la suerte es un libro singular. Es un álbum de doble cubierta, sobre el viaje de dos personajes, que son vecinos y que salen de su casa al mismo tiempo para llegar al mismo lugar. El autor es Sergio Lairla y la ilustradora es Ana Lartitegui, quien explica: “Sergio concibió la historia preocupado del azar y del papel que juega en nuestras vidas. Partió de la idea de que los hechos que nos acontecen los podemos encarar de una manera o justo de la inversa”. Sus dos protagonistas son el señor Buenaventura y el señor Malapata. El Libro de la suerte no tuvo mucha suerte al principio y pasó de editorial en editorial hasta que, después de 8 años, lo publicó A Buen Paso.

Uno tiene que tener la curiosidad de abrir y descubrir un libro. No quiero darle pistas en la contraportada al lector.

La editorial A Buen Paso es también un caso singular. Fue fundada por Arianna Squilloni el año 2008, justo con el comienzo de la crisis en España; publica libros infantiles y juveniles complejos; y han optado por no incluir textos de presentación en las contraportadas: “Uno tiene que tener la curiosidad de abrir el libro e ir descubriéndolo. No quiero darle pistas en la contraportada al lector”, explica Squilloni. Pese a la adversidad, la editorial ha sobrevivido gracias a fieles lectores y a un aterrizado plan editorial.

Algunos de los títulos que ha publicado A Buen Paso son Papá tatuado, de Daniel Nesquens y Sergio Mora; En qué piensa una cabeza recién cortada, de Juan Carlos Quezadas y Carla Besora; y Tienes un vestido blanco, ilustrado por Arianne Faber con textos de la chilena María José Ferrada. Y Squilloni es también escritora. En Ekaré se puede encontrar En casa de mis abuelos, ilustrado por Alba Marina Rivera.

Juan Carlos Quezadas y Carla Besora

Además de su trabajo editorial y autoral, Squilloni y Lartitegui forman parte de Círculo Hexágono, una iniciativa de estudio y debate sobre temas relativos a la literatura infantil y juvenil, el arte, los libros y la lectura. “La situación que hay ahora en la producción de libros infantiles, y sobre todo libros álbum, es de desbordamiento. Es necesario, por tanto, un discurso que razone sobre ellos y ahonde en su análisis. Si no hubiese una reflexión, se produciría una homologación de todos los títulos y el marketing sería el amo. Y esto hay que evitarlo. Ser librepensadores implica criterio”, dice Ana, quien al mismo tiempo edita en español la revista francesa “Fuera [de] Margen”, así como la colección de ensayo breve “Cuadernos Hexágono”.

 

—Los libros de A buen paso suelen ser lecturas desafiantes.

Arianna Squilloni: El mundo parece haber descubierto que existen las emociones y que el ser humano no es solo intelecto, sino que crece también emocionalmente. Y entonces todos los editores se han lanzado a hacer libros sobre temas de emociones. Pero, ¿de qué emociones nos interesa hablar y de qué manera? Son muchos los libros de: “Sí, te quiero”; “Bésame, mamá”, “Abrázame”, etc. Qué está muy bien. Pero las emociones son también muy complejas y lo que pasa en la cabeza de un niño es algo muy inquietante porque está conociendo el mundo, está tratando de entenderlo y pasan cosas buenas y también cosas inquietantes.

Lo que pasa en la cabeza de un niño es algo muy inquietante porque está conociendo el mundo.

En A Buen Paso he publicado dos libros sobre emociones. Son dos libros que empiezan mal y acaban peor. Son dos libros que plantean una duda en el protagonista. Uno es El intruso, de un niño que se vuelve paranoico por una pelota que ha entrado en su casa y él se convence de que la pelota quiere ocupar su lugar; el otro, Rasabadú, es la historia de un dragoncito de papel que vive en un sótano y que no sabe si como es de papel estornudará confite o fuego. Los dos terminan muy mal, pero pienso que son libros para hablar. Son libros que una vez que los has leído no los pones en un cajón; tendrían que hacer lo que hacen todos los buenos libros: resuenan dentro de ti. Por eso me encanta el rol de los mediadores, porque a raíz de una lectura de este tipo se puede generar dialogo y discusiones.

Estos dos cuentos estuvieron guardados por 8 años. Me fascinaban, pero no me atrevía a publicarlos porque sabía que tendrían una vida difícil. Luego encontré a la ilustradora venezolana Cristina Sitja Rubio. Cuando vi estos cuentos ilustrados por ella, de repente supe por qué me habían fascinado. A medida que los personajes cobraban vida, me di cuenta de que me hablaban de otros temas. Con Rasabadú pensé en la adolescencia, cuando hay muchas cosas que cambian dentro de ti. Cambias tú, en primer lugar, ya no reconoces tu cuerpo, y de repente no sabes quién vas a ser. O tienes miedo de quién vas a ser. O te das cuenta de que crees o te interesan cosas que chocan con el ambiente en el que has crecido o con los valores familiares. Y tienes que aprender a cómo situarte respecto a todo eso. Entonces, a través de estas historias se pueden hablar de cosas que son realmente importantes para las personas.

A raíz de una lectura, un mediador puede generar dialogo y discusiones.

Siento como una tarea éticamente importante hacer libros para niños, para poderHABITAR el mundo, para aprender a significar las cosas y para saber escuchar las palabras que te llegan. Por eso es un poco criminal ir a la simplificación y sólo narrar los conceptos que están de moda, con los que todos estamos de acuerdo. Es más bonito crear libros pensadores, con los que luego los lectores vayan construyendo su propia constelación de valores.

badu

—A ti como ilustradora, Ana, también parece interesarte desafiar al lector, creando mensajes visuales complejos.

Ana Lartitegui: En el álbum, cuando se habla del texto normalmente uno entiende que se está refiriendo a las palabras. Pero esto no es así. En el álbum el texto es todo, partiendo de las ideas de la semiótica de la cultura que ya han dejado sentado que en cultura lo que significa en una obra multimodal, como puede ser el álbum, es el todo. Desde el lomo y la portada, hasta el papel de las páginas. Todo es el texto. Por lo tanto, claro que las ilustraciones contribuyen a ese desafío.

En el álbum el texto es todo. Desde el lomo y la portada, hasta el papel de las páginas.

Hay dos formas en las que se desafía al lector. En el caso de los ilustradores españoles Isidro Ferrer y Pablo amargo, por ejemplo, cada una de sus imágenes tiene tal potencia de desafío al lector que si cortas la página de la ilustración y la pegas en la pared, ya tienes ahí una buena imagen que te puede despertar una gran cantidad de preguntas. El poder sugestivo de sus imágenes es inmenso. Desde la retórica visual, Amargo y Ferrer trabajan muy bien la paradoja. Otro es el caso de los libros álbum, donde no puedes hacer eso de cortar la página y pegarla en la pared, porque ahí el trabajo está en toda la serie.

Hay, por ejemplo, un libro álbum ilustrado por el mismo Pablo Amargo que se llama Casualidad. Es una historia que acaba de forma abierta y que uno no sabe muy bien qué es lo que cuenta. Pero, si te vas fijando en las imágenes, verás que Amargo va introduciendo pistas a lo largo de la serie ilustrada, más allá del juego retórico que hace, que cierra ese final abierto. Si eres un buen observador, hallarás en la serie de Amargo cuál es la forma de concluir la historia.

“La invasión marciana”, de Catalina González Vilar y Miguel Pang Ly.

—¿Cómo se decide qué libros formarán parte del catálogo de A Buen Paso?

Squilloni: Los entusiasmos son una desgracia, porque te llevan a embarcarte en un millón de cosas al mismo tiempo. Y un pequeño editor tiene que saber con qué presupuesto cuenta y cuántos libros puede sacar anualmente y cómo distribuirlos. Hay varias coordenadas que hay que armonizar y equilibrar. Están los autores que necesitan su tiempo para trabajar —que pueden ser proyectos de 1 a 5 años—, pero también tienes que estar presente en el mercado. Para que la editorial tenga vida tienes que estar presente y saberte mover. Yo decía que publicaba 6 libros al año. Es mentira. Estoy publicando 10 y creo que este año 12. Los divido en dos partes del año: primavera y otoño. Y ahí pienso qué libro creo que es de primavera y qué libro es de otoño. Hay libros que están más claramente atados a una época, como Tienes un vestido blanco, que sacamos en primavera.

vestidoSobre la selección, uno no puede publicar todo lo que le gusta. Te pueden gustar muchas cosas, pero con tu línea editorial estás contando una historia. Cada libro viene a formar un capítulo de una historia más grande.Tienes que estar seguro de que haya una sintonía entre los libros que estás publicando. También para que las personas con las que estás hablando te entiendan. No es que sepan qué esperar —porque los proyectos, como la vida, siempre te sorprenden—, pero sí para tener una dirección.

Muchos proyectos ahora se están generando desde la editorial. Me encantan las historias de descubridores de mundos. Que tienen a héroes pequeños, tozudos, con una idea clara en la cabeza, y que se esfuerzan. Y si viven en medio de la naturaleza, todavía mejor. Hay un filón de libros donde se reproducen esos personajes. Otra cosa que me fascinan son los códigos. Me encantan los libros donde uno tiene que ir componiendo la historia a través de pistas. Como en El libro de la suerte, que me fascinaba desde ese punto de vista. Tienen que ser además historias bien contadas. Para eso hay que ser buenos conocedores de la palabra

 

“Bombástica Naturalis”, de Iban Barrenetxea.

 —Y hay casos en que te llega un texto y debes seleccionar al ilustrador apropiado, ¿cómo sabes que combinación es afortunada?

Squilloni: Es complicadísimo y tengo siempre terror a equivocarme. Tengo listados de ilustradores con los que me gustaría trabajar (aunque a veces tienen que ver las circunstancias, como ver a dos personas en el mismo lugar). Yo vengo de la palabra, entonces muchos libros de A buen paso comienzan con una idea o un texto; no suelen empezar con las imágenes. Entonces, tengo este listado larguísimo de ilustradores y según las historias que tengo pienso cuál es el ilustrador adecuado.

Por ejemplo, uno de los últimos libros que publiqué es Con el ojo de la i, son todos poemas que juegan con el lenguaje. Y hay una ilustradora de Barcelona con la que me moría de ganas de trabajar—Olga Capdevilla—, que no hace ilustraciones realmente bonitas, pero que juega un montón. No puede ver dos objetos y no pensar cómo pueden interactuar, qué tipo de historia los puede unir. Y era el momento perfecto para ponerla a ella, porque es un libro que juega con el sonido, las palabras y con el ritmo, y ella juega con las imágenes. Creo que se juntaron de una manera deliciosa.

En el caso de Tienes un vestido blanco, nació al revés. La ilustradora, Arianne Faber, es muy buena creando secuencia de imágenes mudas. Pero aquí fallaba algo, necesitábamos algún tipo de palabra, algún tipo de texto que dialogase con lo que estaba pasando, que diese al menos una clave de lectura, pequeños toques que abrieran el dialogo. Y justo recibí un correo de María José Ferrada. Y ella le encontró un contrapunto a las imágenes de Arianne que me dejó anonanada . Fue una bonita combinación.

Ads by CostItAppAd Options

“Con el ojo de la i”, de Mar Benegas y Olga Capdevila.

—¿Te sientes cómoda, Ana, trabajando en conjunto con el autor y el ilustrador?

Lartitegui:  Mi opinión es que el diálogo es entre la imagen y la palabra. Eso es lo básico. No tienes por qué dialogar con el autor o con el editor.

Y creo que los escritores tienen que hacer grandes renuncias para trabajar un álbum. Tienen que renunciar a hacer una prosa rica, a hacer una exhibición de su buen hacer con la palabra y tienen que ser muy generosos con el ilustrador porque tienen que plantear textos abiertos donde a veces la palabra puede hasta desaparecer.

Muchas veces la imagen salva a un texto que tiene una poesía que realmente no es una poesía, sino que una falta de definición.

—¿Qué problemas ven actualmente en los escritores y en los ilustradores de literatura infantil?

Squilloni: Hay una poesía muy mal entendida, que se ha difundido mucho. A veces me parece que es culpa de las editoriales independientes pequeñitas, que a veces publicamos sin darnos cuenta cosas donde realmente es la imagen la que salva a un texto que tiene una poesía que realmente no es una poesía, sino que una falta de definición. Es una cosa de este proliferar de muchas editoriales que nacen y de repente publican sin criterio. Y el otro problema que tengo son las fórmulas. Están bien las escuelas de escritura, está bien aprender formulas, jugar con las estructuras. Pero en muchos casos relatos aplican muy bien una fórmula, pero no tienen alma. Y ese es un problema, porque manejar una técnica no es ser escritor. Hay que romper la técnica porque estás contando algo que es importante. Y eso es algo que me preocupa también de los ilustradores, que tienen una técnica maravillosa, pero nada particular que decir.

“Papá tatuado”, de Daniel Nesquens y Sergio Mora.

Lartitegui:  He notado que a los ilustradores se les enseña a trabajar toda la técnica de comunicación visual, son muy hábiles manejando eso, pero no se les enseña a trabajar la serie. Entonces, cuando salen de las escuelas donde se forman, no han hecho este trabajo de seriar. Salen preparados para hacer ilustración de prensa, por ejemplo, o carteles, o publicidad, pero cuando se encuentra con el trabajo editorial, donde tienen que desarrollar un personaje, por ejemplo, o una serie, o un planteamiento lógico seriado, o un deambular; no lo saben hacer. Ahí hay problemas.